Memorias de una mamá trans, y del amor de un hijo.

Decía el filósofo austriaco Karl Popper que “El conocimiento es finito, pero la ignorancia es infinita”, y nada más cierto que eso. Yo nací en la década de los 70s, y viví mi adolescencia en los benditos 80´s, entre el osito panda de Yuri, la explosión del transbordador Challenger y el estrepitoso temblor que sacudió la ciudad de México en 1985. Pero también entre los clichés de género que marcaba la televisión y en especial, entre el desconocimiento total acerca de un tema que en aquella época era prácticamente inexistente: la identidad de género.

Tendrá unos 20 años que el tema de las infancias trans comenzó a ser escuchado y visibilizado, un logro de suma importancia. Pero la situación trans no comenzó ahí, se trata de una condición humana que siempre ha estado presente, pero que se mantenía oculta, bajo las sombras de la ignorancia, el prejuicio y los estereotipos establecidos por la cisnormatividad. La gran mayoría de las personas trans que nacimos en aquellos años,  antes de que el tema de las infancias trans se hiciera visible, no lográbamos entender la batalla que ocurría entre nuestros cuerpos y mentes, y poco a poco comenzamos a odiar el reflejo que mirábamos en el espejo, conociendo así a quien se convertiría en un adversario hostil, un enemigo que hasta la fecha sigue teniendo sus repentinas apariciones periódicas: LA DISFORIA DE GÉNERO.

Pero el tiempo siguió su curso, y como la gran mayoría de los seres humanos, las personas trans (que no sabíamos que lo éramos en aquellos tiempos) también nos enamoramos, y muchos tomamos la decisión de unirnos en matrimonio e incluso tener hijos, sin haber resuelto las dudas que carcomían nuestros pensamientos y sentires, por miedo, por ignorancia, por temor a ser rechazados al no embonar en el estereotipo de género que se nos había designado aún antes de nacer. Y es ahí, justo en ese momento de volvernos padres, en que pasamos sin darnos cuenta, de ser víctimas de la ignorancia, a victimarios de aquellos a quienes más amamos. Es por eso que muchas mamás y papás trans no encuentran otra opción que la de vivir en secreto su identidad de género, una identidad que muchos de ellos, a sus 50, 60 o 70 años, apenas empiezan entender.

Pero el amor por los hijos no sabe de identidades, el amor por un hijo es mucho mas que eso, va mucho mas allá, y el tener el valor y el coraje para ser quienes somos y hacérselo saber al mundo, a sabiendas del rechazo y juicio que eso representará, es la lección más grande que podemos heredar a nuestros hijos. Enseñarles que no hay amor más importante, que el amor propio, que la gente puede estar o no de acuerdo con lo que sentimos, y que nos toca aceptar esa diferencia, pero que, pese a todo, lo que no podemos perder jamás, es el respeto hacia uno mismo.

Las maternidades y paternidades trans, existen, y tienen el pleno derecho de ser escuchadas y visibilizadas.

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